martes, 17 de junio de 2014

Supe que te echaba de menos

Que te tengo siempre presente es una realidad incontestable. Hay, en ocasiones, momentos en los que un simple detalle me recuerda que estoy lejos de ti, y la melancolía me invade. En otras ocasiones esa melancolía se entremezcla, de manera graciosa, con la alegría de saberme hijo tuyo. El torbellino de emociones que Tú provocas, inunda, arrolla y todo lo puede. Tú eres la definición de devoción.

Era martes. Un martes que podría haber sido cualquier martes, pero que era especial porque Tú no estabas en tu basílica, sino que te mostrabas regia ataviada con manto celeste y porte soberano en ese besamanos que no se si la Ciudad te regalaba a tí, o Tú regalabas a Sevilla.

Soberano, regio,

Tú, que fuiste primer Sagrario del Señor, recibías a Sevilla en el Sagrario de la Catedral. 

Y desde la distancia, yo intentaba seguirte los pasos. No pude deleitarme con tu presencia el sábado cuando te encaminabas al centro. Leía, eso si, cuantas noticias podía de cómo Sevilla se postraba a tus plantas, en amoroso gesto hacia ti, Esperanza Nuestra. Y di con un video. ¿Cuántos te habrán filmado estos días? ¿Cuántos objetivos habrán quedado prendados de ti?

Pero solo uno me hizo conectar contigo de esa manera tan especial en la que crees sentir que nadie más está pensando en ti en ese momento, que a nadie prestas Tu atención excepto a mi. Sólo un video fue capaz de borrar del mapa los kilómetros que hay entre mi paraíso, que es tu reino terrenal y que tiene una Giralda por faro, y esta otra tierra donde vivo feliz con los míos al tiempo que añoro esa urbe que te ensalza como ninguna otra. Lo encontré de casualidad, y no podía dejar de verlo, una y otra vez. No estaba solo, pero ya mis lágrimas de mezcla de alegría y lejanía no son escandalosas para ella, mi otra amada, y no dijo nada cuando me vio rezarte de esa manera peculiar que tengo. 

La emoción produce emoción: es contagiosa. Cuando veo a alguien buscar con su mirada, de manera sincera y necesitada, la Esperanza que tú irradias, me emociono. Y ese video recoge de manera muy concreta, en una de sus secuencias, esa mirada. Ese beso octogenario de unos labios que solo Tú sabes cuántas veces habrán pronunciado tu nombre. Verte en ese video de Pablo Lastrucci y escuchar el poema de Rodríguez Buzón, encandila. Pero ver cómo la gente acude a ti en busca de nada mas que de Ti, de la Esperanza, emociona.

Me quedé solo. Volví a ver el video no se cuántas veces más. Y sentí la necesidad de ir a verte. Estuve a punto de salir corriendo, llegar a esa cola que decían interminable, besarte la mano y embelesarme manteniéndote la mirada, y luego, de mañana temprana, volver a este mirador desde el que observo en la distancia mi Sevilla.

La razón me pudo, y me quedé aquí. Me arrepentí toda la tarde. Aún lo hago. Supe que te echaba de menos. Supe también que tenía que haberme dejado secuestrar por la emoción y las ganas. Mi paciente compañera, que es mi columna y soporte constante, me lo dijo: "tenías que haber ido". Pero ya era tarde. Sólo me quedaba volver a ver el video. Ahora solo me queda imaginar cómo hubiera sido besar tu mano en aquella tarde de martes.


A mi amiga y compañera Silvia, gallega de pro, convertida en marismeña y ahora recientemente también en macarena, que ha descubierto cuánto limpia por dentro el emocionarse ante Ella, ya sea al encontrarla después del camino desde Triana, o una noche de madrugada por la calle Feria.