lunes, 12 de mayo de 2014

Mi momento de esta Semana Santa

La noche del Martes Santo empezaba a apoderarse de la ciudad. Las Hermandades que tenían su entrada prevista para las primeras horas de esa noche que ya era casi de luna llena, comenzaban a llegar a sus templos. Nosotros nos habíamos entretenido y no estaba seguro de si llegaríamos a tiempo. De Bustos Tavera a San Marcos, y por Castellar hacia la Plaza de los Carros. Callejeando llegamos a la trasera de Omnium Sanctorum. En nuestro caminar hacia ese punto, avanzando por la calle González Cuadrado, paralela a Palacios Malaver -que es la que recorría la cofradía-, oíamos con nitidez los sones de la banda que acompañaba al paso de palio interpretar La Madrugá. Aceleramos el paso y llegamos justo a tiempo de ver el paso del Crucificado de las Almas salir de esa calle con sabor a barrio, camino de la fachada principal de Omnium Sanctorum donde la ojiva esperaba poder abrazarlo a su vuelta al templo. Un monte morado desde donde se izaba el cuerpo muerto de Cristo. Esa cadencia que desde hace años caracteriza el andar de ese paso, más lenta si cabe que otras veces. Incluso demasiado lenta, diría yo. Más cerca de un costero que de un andar largo. El paso en si es una maravilla; el color de las flores destacando sobre el dorado, un regalo; y el cuerpo inerte de Cristo, un portento del arte de la imaginería.

Una cofradía cómoda de ver, pues los pasos no los separan interminables filas de nazarenos (qué curioso: en algunos lugares se estrujan los sesos para ver cómo poder separar los pasos por la falta de nazarenos, se discute qué se debe estar haciendo mal para perder año tras año personas en los cortejos... y en otros lugares algunos agradecemos poder ver los pasos sin tener que esperar los 90 minutos de paso que anuncia El Llamador para algunas cofradías). 

Llegaba por Palacios Malaver la Virgen. Gracia y Amparo, arriada en el último tramo de la calle, a la espera de la entrada del paso de Cristo y del movimiento en los tramos de nazarenos que la precedían para poder cubrir Ella también los últimos metros de su recorrido procesional. Se levanta el paso, y Julián Cerdán -banda de la que guardo muy entrañables recuerdos de infancia, con la Virgen del Carmen en Bonanza- comienza a interpretar una marcha. El repertorio de este paso es serio, como lo es el estilo de la Hermandad. Los sones que aún algo alejados me llegaban entremezclados con el murmullo del públic me eran desconocidos. El paso llegó a la vuelta, y por la proximidad, la melodía me llegaba entonces con claridad, pero me seguía resultando novedosa. De esa música que enseguida resulta familiar, como si la hubieses escuchando antes, pero a sabiendas de que no es así.

Sonaba así la música que inundaba en entorno de la trasera de la antiquísima parroquia de la calle de la feria...


 Cada corneta sostenía una campana (tubular) y avanzaban de espaldas al sentido de la marcha, mientras que otro componente de la banda, partitura en mano, martilleaba los largos tubos metálicos cuando los papeles así se lo pedían. Cara de sorpresa y asombro entre mis amigos, supongo que similar a mi expresión. Esas son las cosas de la Semana Santa. Me cuesta explicar a los profanos que no todos los años es lo mismo. Cada primavera regala momento únicos e irrepetibles muchos de ellos. Y este que les cuento es uno de ellos. Aunque vuelva a sonar esa marcha en esa vuelta el año que viene, y yo sea tan afortunado como lo he sido este año por poder estar allí, mis sentimientos ya no serán los mismos. 

Según avanzaba ante nosotros la banda se comenzaba a escuchar un "¿cómo se llama?" que alguno de nosotros preguntaba a otro que alargaba el cuello en busca del título de la pieza en el encabenzado de los papeles de los músicos. En algún momento, cuando la melodía se tornaba ora dulce ora contundente, nuestras miradas volvían a encontrarse y todos parecíamos decir, aún sin mediar palabras, "que suerte hemos tenido".

Me siento muy afortunado y orgulloso de ser sevillano y de vivir con tanta intensidad mi Semana Santa. Me siento afortunado de tener cerca en esos momentos a mis amigos, aunque me faltara alguien que si bien no disfruta como yo de esos momentos, si los vive a mi vera cuando se tercia y creo en el fondo que la asombran a su manera...

La marcha, que casi olvido decirlo con tanto sentimentalismo, se llama "El Sepulcro". La compuso Roque Baños para la banda sonora de Alatriste (con el título de "Cuenta lo que fuimos"), pero finalmente fue ampliada -originalmente la pieza dura 3:50- y reinstrumentada -por Bernal Gutiérrez- para poder ser interpretada por banda de música. Está dedicada al Santo Sepulcro de Jumilla, localidad natal del compositor.

Ha sido el momento de mi Semana Santa y el descubirmiento musical de este año, sin duda alguna.


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