viernes, 24 de mayo de 2013

Mi Semana Santa pasada por agua (III)...

La resaca del Domingo de Ramos efímero que habíamos vivido la tarde-noche anterior era aún un sueño de gran realismo. Habíamos dormido casi escuchando aún a la Oliva de Salteras tras la Virgen de San Jacinto y antes de darnos cuenta, la claridad del Lunes Santo nos despertaba.Nos vimos obligados, casi coaccionados, a desayunar una buena tostada con jamón. Y después, sin más dilación, anduvimos hacia el Arenal donde tiene su sede la Hermandad de dos de los componentes de ese grupo de whatsapp que decidimos llamar entre Alcalá y Sevilla. Carlos andaba echando una mano en la colocación de los cirios en ese espectacular enjambre de arcos que son las atarazanas, desde donde los nazarenos de cola de Las Aguas se unen al cortejo de su cofradía .

La minúscula capilla había empequeñecido. Tal vez fuera por que su interior se había llenado de Semana Santa. Las puertas apenas podían retener en el interior el arte dorado que es el paso de Cristo. Supongo que una imagen similar se presentaba a los sevillanos siglos atrás cuando desde la acera de enfrente se preparaban los barcos para ser botados a las aguas del Guadalquivir, y las puertas de las atarazanas parecieran no poder contener esas maderas que fueron quillas y cuadernas, como el misterio fue un bloque de madera sin tallar, y que luego se convertirían en galeones para ir a América unos, y en altar dorado para mayor gloria de Cristo muerto en la Cruz, otro.

Los ángeles atlantes de los candelabros parecía que tuvieran otra función: la de retener el paso dentro de la capilla, como diciendo a la invisible cuadrilla: -"aún no es la hora".

Las flores preciosas, y la Virgen del Mayor Dolor, más. De niño adoraba las Vírgenes de expresión dulce. Ahora también, pero la diferencia es que ya no paso de largo por aquellas de gesto duro y maduro, dolorido y sentido. Esta Virgen de Eslava, que fue recientemente restaurada, es una de ellas.




Una Virgen a los piés de un Cristo muerto. De un cuerpo que parece vivo, pero que es el de un hombre que ya no respira. Un Cristo de Illanes de cuyo costado brota sangre y agua cada Lunes Santo en el Arenal.

Y tras ellos, sesgado, encajonado en el rincón de la capilla, como el tesoro más grande que es ocultado tras otros bienes casi queriendo esconderlo, el palio de la Virgen niña del Arenal de Sevilla. Virgen de los amores de su autor, Guadalupe sevillana. Virgen de ojos grandes, de dulcísima mirada. Mater Misericordiae, Vita Dulcedo se lee en la bambalina trasera, por si a alguien se le había olvidado de ante quién estaba. Mis amigos alcalaínos, a los que ya nos habíamos unido en esta jornada, se embelesaban ante tanta gracia. Devoción mejicana que llegó a ese puerto a donde y desde donde todo iba y venía de América, advocación ahora Dolorosa para suerte de los sevillanos y los hermanos de Las Aguas.





Yo tenía la intención de entregar unas fotos y el momento para ello era el traslado de los pasos de la Hermandad de los Estudiantes desde su capilla hasta el rectorado. Nunca había visto llevar a cabo esta operación.

El calvario de ese Cristo de la Buena Muerte, desnudo de flores, elevaba la Cruz hacia el cielo nublado y ventoso de una Sevilla expectante ante la incertidumbre del tiempo. La figura de la talla juanmesina se enmarcaba entre palmeras mientras reviraba hacia la fachada principal del edificio universitario. Pero casi sin tiempo de admirar la estampa, ya el paso de palio espectacular se asomaba al dintel. La Virgen de la Angustia, belleza sin niñez, dolor a medio consolar, es dueña de un altar envidiable que es todo detalle y filigrana. La cuadrilla, de andares elegantes, a juego con el paso, enlazaba las vueltas que casi parecían un laberinto.






Un paso detrás de otro, sin cortejo pero con un nutrido grupo de cofrades y curiosos acompañándolos, llegaron al edificio principal donde se posaron a la espera de su día.

Nos fuimos en busca de avituallamiento. Cerca de la Alfalfa está En la espero te esquina. Al terminar, y casi como de un calculado horario suizo, la cofradía de El Polígono llegaba a Jesús de las Tres Caídas. El paso de misterio subía la cuesta en busca de la revirá de San Isidoro. El canasto dorado con ese Jesús maniatado en lo alto y costaleros ciudadrealeños entre los hombres de abajo (estreno de Dani en la semana grande de Sevilla, lo que merece una enhorabuena desde aquí). Detrás de El, las cornetas de Triana. De la Alfalfa a Campana y de allí al Dos de Mayo para volver a la plaza que abre la Carrera Oficial. Realmente no se si este hecho ya se había producido antes en la historia de la Semana Santa de Sevilla: la misma banda pasando el mismo día por Campana dos veces.



Esa Virgen de ojos verdes que naciera en el taller de Gines donde hace arte Álvarez Duarte se protegía no del sol sino de las nubes amenazantes bajo su palio. Sus ojos que enamoran a tantos, eran destino de las miradas de alguno de los alcalaínos que allí estaban. Otro de ellos, veía la escena como yo, a través de un objetivo fotográfico. El resultado ha sido como para pedirle que organice una sesión y las enseñe. 

No me terminó de convencer el exorno floral, pero claro está, eso es cuestión de gustos.

Atrapados por la Carrera Oficial a la espalda y la cofradía del Tiro de Línea en la Plaza Nueva, vimos al Señor Cautivo en un lugar insulso. Es un paso que creo que merece la pena ver en esas calles aún lejanas al centro porque ahí es donde de verdad se aprecia el caminar portentoso de esa cuadrilla de Carlos Villanueva.

Sin que me oiga mi amiga Elena, diré que hacía años que no veía a San Gonzalo. Debe ser ese rancierismo que me ha sobrevenido, o que los recorridos de las cofradías de Triana me gustan poco, o que me canso de esperar los pasos,... Este año tampoco hubiera ido si no hubiera sido por el deseo de verlo de mis amigos. Me alegro de que me llevaran hasta el puente. Con ese andar característico, el que es el Cristo de Ortega Bru para Sevilla avanzaba desde la capilla de la Estrella y llegaba al puente. Pasó ante nosotros sin demasiada filigrana, cosa que no me causa desasosiego.

La Virgen de la Salud no se veía venir por la calle San Jacinto y decidimos marcharnos o nos perderíamos mucho en Sevilla. 

En ese punto de la tarde creo que tomé la decisión equivocada. Fuimos a ver salir la Vera Cruz y eso impidió que llegáramos a tiempo para ver las Aguas por la zona de Carlos Cañal. Llevo varios años intentándolo pero siempre se me cruza otra cofradía, otro lugar, por medio. De 2014, si Dios quiere, no pasa.



Santa Marta es una apuesta segura. Qué potencia en el caminar de ese paso que pinta un momento de tristeza sobrecogedora. Esas flores malvas, ese cuerpo inerte, ese silencio y esa zancada. Ese es el conjunto que me heló la sangre en Cuna. 

El Beso de Judas... Con lo que estaba dispuesto antaño a esperar por ver ese paso en la vuelta de Cardenal Cervantes, y el mal sabor de boca de los últimos años. Es ahora para mi una cofradía por la que no esperaría, pudiendo verla de ida por Laraña, o por Santa Catalina incluso. Está claro que nado contracorriente porque lo que parece gustarle cada vez más a la gente es ese tipo de pasos coreografiados. Es sin duda muy meritorio su andar, pero no me llena como lo hacía en otra época de mi vida.

La noche nos reservaba dos grandes momentos. Las Aguas saliendo de la Catedral, con dos potentísimas bandas que llenaban el vacío acústico de ese espacio abierto que conforman las plazas de la Virgen de los Reyes y la del Triunfo. Sin menosprecio a los músicos de Sol, creo que el paso del Crucificado de la capilla del Dos de Mayo ha ganado muchos enteros con Triana detrás. Y de Guadalupe... ¿qué puedo decir? ¡Pues que iba perfectamente encendida! El resto es ya sabido: preciosa Virgen del Arenal, Madre de mis amigos Carlos y Luís y ahora también de Hugo. Sonaban para Ella Esperanza Macarena y Procesión de Semana Santa en Sevilla, mientras avanzaba hacia el Archivo. Es una cofradía que se entrega a Sevilla de ida, y que se ensimisma a la vuelta. Escaso recorrido que es regalo para los que la acompañan en su retorno triunfante a la capilla anexa al Maestranza.

Y habiendo visto los pasos y aunque a lo lejos, a los amigos morados, estábamos listos para partir en busca del broche del día. Las Penas de San Vicente y Tejera, binomio garante de excelencia. El paso de Cristo me encanta. La mirada de ese Nazareno caído bajo el peso de nuestro pecados, que no reprocha sino que despierta la caridad de quien le observa.

Pero la gloria llegó cuando por Alfonso XII se vislumbró el palio, y cuando se oyó a Tejera. La Madrugá (te eché de menos, Jarik Noah), Virgen del Valle (me acordé mucho de tí, Musu), Tus Dolores son mis Penas, Jesús de las Penas,... Dice mi amigo que escuchar un paso con Tejera es como estar en casa escuchando esas mismas marchas en un CD. La banda que es calidad en si misma.

Luego todos se fueron y me quedé solo para acabar el día acompañando algunos metros a la Virgen de las Aguas en su caminar de regreso a la Plaza del Museo.




 

1 comentarios:

Jarik Noah dijo...

Tu bucle personal del Lunes Santo. Ya van tres años seguidos, ¿eh? Ese momento de la tarde que no sabes qué hacer. Si Santa Marta, Vera Cruz blablabla... y al final te pillas la rabieta del día por no llegar a las Aguas por Carlos Cañal, jiji. Espero estar ahí el año que viene para llevarte la contraria y no la guiñes otra vez :P