miércoles, 6 de marzo de 2013

XIX pregón en Los Estudiantes

La idea de una cripta tenebrosa, oscura y fría cambió la primera vez que entré en la de la la Basílica Pontificia de San Miguel, en la calle de San Justo de Madrid. El pasado domingo volví a ella invitado por un querido amigo. Al bajar las escaleras y acceder a la gran sala abovedada, la elegancia de la Hermandad organizadora del evento se reflejaba en cada detalle. Avanzando entre las filas de bancos hacia el lugar principal de la estancia, iba comprobando que allí se habían congregado miembros de muchas Hermandades capitalinas.

El lugar que ocuparía el altar si se tratara de una iglesia es un piso de mármol elevado la altura de dos escalones sobre el suelo del resto de la sala. A la izquierda, un retrato del Crucificado titular de la Hermandad era adornado por un bello centro de flores en tonos rojos (con predominio de una hermosísima margarita burdeos). De simétrica manera, el dolor sereno de María Inmaculada inundaba el entorno desde la esquina opuesta, engalanada su fotografía en este caso con un centro blanco.

En el centro un atril barroco y dorado, de cuatro columnas que dibujaban un espacio vacío en su interior. Cerca de su base, a cada lado, sendos faroles de mano conteniendo cada uno una única vela color tinieblas. Y por delante de ellos, y situados abajo de ese altillo marmóreo, dos servidores de la Hermandad ataviados de largas casacas y pantalones a la rodilla en adamascado rojo, medias y calzado negro, y pañuelo blanco al cuello. Mantendrían firme su elegante posición durante la duración de todo el acto.

Completaban la escena un terciopelo rojo de seria greca y escudo corporativo bordado a modo de marco para el orador, quien desde la posición del público presente se veía escoltado por la bandera pontificia a su diestra y el estandarte de la Hermandad de los Estudiantes a su siniestra.

De pronto la intensidad de la luz se redujo, y con los asistentes ya acomodados, nos invadieron las notas lúgubres y sobrecogedoras de una de las saetas del Silencio. Su corta duración llevaron sin dilación al presentador del pregonero, a la sazón Hermano Mayor de la corporación del Domingo de Ramos, a dirigirse a los presentes con una interesante introducción al acto en la que a través de varias anécdotas nos descubrió algún detalle desconocido de Enrique Guevara. Desconocidos al menos para mi, que no sabía por ejemplo, que el pregonero acudió primero a la Hermandad de Medinaceli cuando en su infancia decidió formar parte activa de la Semana Santa madrileña y que al encontrarse las dependencias cerradas aquel día, el destino o la Divina Providencia para el bien de la Hermandad de la Macarena, le hicieron recalar en la Colegiata de San Isidro. Y así se convirtió en "un loco, otro loquito" como se refería el presentador a los cofrades. Enfermos de un sentimiento que nos hace, por ejemplo, encender carbón y quemar incienso en casa o en nuestras charlas mono temáticas de todo el año (sin ser por ello paganos ni irrespetuosos, aunque alguien lo haya señalado así. Esos detalles son, entre otros, los que nos hacen cofrades y nos diferencian de quienes, con otra perspectiva del hecho religioso popular, no comparten ese estado de intensidad emocional respecto al espectáculo catequéteico que creo que es la Semana Santa).

Comenzó el pregón con intensidad desde antes incluso de las presentaciones. Después de unos versos potentes, llegó el momento de las cortesías con las autoridades asistentes al acto. Y desde ese momento, se encadenaban poemas y prosa para cantar las grandezas de su amada Semana Santa madrileña, pero sobre todo, para exaltar a la Hermandad organizadora. La narración de su discurrir por las calles del viejo Madrid, referencias a la muerte de Cristo en una Cruz desde la que emana fe, y regala perdón y como no, a su Santísima Madre.

Como saben ustedes los que me conocen que soy mariano empedernido, estos versos que pronunció Guevara para mayor honra de la Madre de Dios me emocionaron de manera especial, sobre todo su final: bella vencedora del pecado.


[...]
 
Aquella Virgen María

Con su pena becqueriana

Aquella rosa temprana

Que es consuelo a los castigos

El abrazo a los amigos

Y la lumbre del fanal

Virgen piadosa y cabal

Con un rubor de monjita

La que venció por bonita

Al pecado original
 

Casi parecía escucharse a la Banda del Inmemorial del Rey por la descripción de la llegada de la cofradía de nuevo a su templo. Casi parecía verse el palio de corte serio que cobija a la Virgen Inmaculada, Madre de la Iglesia, encarando la puerta de la Basílica ante la mirada atenta de las virtudes teologales y los Santos Justo y Pastor (a quienes estuvo dedicado el templo).

Para el final, Enrique tenía preparada otro canto enamorado a la imagen mariana titular de la Hermandad y fue con él capaz de poner punto y final a un pregón con intensidad. Un pregón que gustó, a tenor de la profusión de aplausos del público asistente.

Me fui con buen sabor de boca, contento por el éxito de mi amigo, y reafirmado acerca de  mis opiniones sobre la Hermandad de los Estudiantes de Madrid, moradora de San Miguel.

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