miércoles, 1 de febrero de 2012

Pepe Peregil

Cuando me dirigía a casa el pasado lunes, pasé, como siempre, por la Plaza Ponce de León. Hacía ya unos días que había recibido la noticia a través de la lista de correo de mi Hermandad de San Roque. Ya me habían comentado en la igualá de Santa Genoveva que su estado de salud era muy delicado. No tenía ni idea de ello. Y de repente la noticia de su fallecimiento. No me unía a él ninguna relación cercana, pero he de reconocer que me resultaba una persona entrañable. Como decía, cuando desde la otra acera giré mi mirada a la izquierda y vi el doble portón de madera de Quitapesares. Era esa la casa donde después de muchos ensayos acababa la noche, rodeado de amigos y con Pepe, desde detrás de la barra, intentando controlar el volumen de la euforia de los congregados. Llegaban extranjeros, otros de cerca, y con las puertas ya cerradas, no ea extraño escuchar esa voz tan peculiar elevarse sobre la de los demás para cantar.

Su forma de cantar saetas tan especial, hacía de Pepe un saetero inconfundible, que cuando le elevaba su rezo hecho cante a los Cristos y Vírgenes de Sevilla, cualquiera sabía que era Peregil quien estaba cantando.

Gente de las cofradías que se marchan, y que lo hacen dejando su marca personal en la historia de la Semana Santa hispalense. 

Con todo mi afecto a sus amigos y su familia, que en breve dejarán la pena atrás para dar paso al recuerdo orgulloso de su persona, que hará, más grande, si figura.