domingo, 13 de noviembre de 2011

Cofrades (I)


En el blog La Gente Buena, del que soy seguidor, hace tiempo que pusieron en marcha una sección consistente en entrevistar a la gente del mundillo. Así, andan enfrascados en la realización y posterior publicación de treinta entrevistas a otros tantos costaleros. La original iniciativa se repite ya en muchos otros sitios de internet de temática costalera.

A mi se me había ocurrido algo parecido, aunque tenía la intención de limitarlo a aquellas personas que el ambiente cofrade me ha permitido conocer. No sabía si decantarme por las entrevistas o simplemente por un relato de nuestra relación, de cómo, cuándo y dónde nos conocimos.

Finalmente pongo en marcha esta sección, habiéndome decantado por la segunda opción. Y el orden que he decidido seguir para presentarles a algunos de mis amigos será el cronológico.

Y sin más dilación, les presento mi historia junto a Carlos Ríos Nieto.

Era una mañana de Viernes Santo de hace ya muchos años. La madrugada se había retirado hacía ya horas y el sol iluminaba desde lo alto una Sevilla que acompañaba a su Esperanza Macarena en su camino hacia la basílica. Esa Virgen que tanto mueve y conmueve, estaba en esa calle tan suya que es Parras. Yo estaba con mi muy macareno abuelo Pepe y mi abuela Lili, cuando mientras pasaban nazarenos de antifaz verde, distraído, comencé a mirar a mi alrededor. En la acera de enfrente se alzaba un edificio desde el que sus habitantes, apostados en los balcones, esperaban la llegada del palio del movimiento grácil.

En uno de esos balcones había un entonces niño de mi edad, que me miraba con la misma atención que yo a él. Supongo que ambos pensábamos lo mismo: “esa cara me suena”. Nos miramos durante largo rato, como intentando asegurarnos de que no era un parecido sino que realmente nos habíamos visto antes en algún otro sitio. Luego pasó Ella, y nos despedimos con un gesto.

Ese sitio, donde ambos concluímos que nos habíamos cruzado anteriormente, era el colegio Cristóbal Colón de Alcalá, donde ambos estudiábamos.

Después de aquella Semana Santa, que calculo que sería la de 1988 ó 1989, al volver a cruzarnos esta vez en los pasillos del centro escolar, nos preguntamos lo mismo el uno al otro: “¿Qué hacías tu viendo la Macarena en la calle Parras?”. Y así me enteré de que en mi mismo colegio, en la clase de al lado, estudiaba un nazareno de Las Aguas, cofrade a rabiar, como yo. “-¡Qué pequeño es el Mundo!”, pensé y aún lo hago…

Desde ese momento gran parte de los recreos se convirtieron en tertulias cofrades en las que comentábamos lo vivido, o lo que estaba por venir. Y tardes en casa de uno u otro en las que las sillas procesionaban sobre los hombros de uno y a los mandos del otro, o en las que imaginábamos hermandades de nueva creación.

Juntos fuimos a la Hermandad de la Macarena de Madrid, de la que su abuelo D. Emilio Nieto Viloria había sido hermano fundador, a ensayar con una de las cuadrillas de costaleros. La minoría de edad nos lo impidió. También lo intentamos en la Soledad de Alcalá, a la que nos acercamos a través de José María Valdearcos, cuando las ruedas eran aún el calzado de ese paso de palio. Algunos años después, Carlos, como yo, formamos parte de la primera cuadrilla de la hermandad del Viernes Santo. Y, años después, de la del Carmen también.

Luego su vida le llevó a Sevilla. Gran parte de la culpa de su marcha estuvo en la procesión de vuelta de la coronación del Rosario de Montesión, porque aquella tarde conoció a una sevillana –de nombre, quién sabe si casualmente, Macarena- que lo enamoró. Y es que es habitual que a la gente de las cofradías le pasen muchas de las cosas importantes de sus vidas en torno a aquellas.

Ya en Sevilla, Carlos se volcó con su Hermandad del Arenal, como quien quiere recuperar el tiempo perdido. Así, comenzó una labor en torno al Grupo Joven de Las Aguas, que se vio culminada con su nombramiento como Diputado de Juventud en la Junta de Gobierno del Dos de Mayo.

Últimamente una nueva faceta, la de encendedor, ha despertado en él y junto a su muy amigo Luís Chamorro, desempeña la interesante, curiosa y fundamental labor de encender esas candelerías que tanto disfrutamos de ver reflejadas en las paredes encaladas de nuestra tierra, cuando la noche ya ha caído y la cara juvenil de nuestras Vírgenes requieren la luz cálida de la cera para calmar Su tristeza y dolor. Y qué mejor Hermandad a la que dedicarse que a la propia, además de la de la calle Real de Castilleja de la Cuesta y la de San Juan, de la localidad aljarafeña de igual nombre. Y así le he podido ver, habiendo sustituido el hábito nazareno por el traje oscuro, alrededor de los pasos de su Hermandad, disfrutando como aquél niño que con programa usado el año anterior en mano, planificaba en el patio de un colegio complutense las cofradías que vería meses más adelante, cuando volviera a ser primavera en Sevilla.

2 comentarios:

jarik noah dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
jarik noah dijo...

"Los individuos y detalles de la historia de un contexto son los que dan forma a la mentalidad y la cultura de una sociedad"
Anónimo.