miércoles, 26 de octubre de 2011

Un adiós


Ha llegado el momento. Y siento algo de tristeza, pero he de reconocer que estas cosas suceden. Y es que pienso que fue ayer, pero lo cierto es que rondaba el año 2002 cuando empecé a usar esa ropa blanca.

Aquél año, para el primer ensayo de la cuadrilla de Pepe Ariza, acudí a la esquina de Pagés del Corro y San Jacinto, allí y como me había dicho que hiciera Rafael, el padre de mi amiga.

Era la primera vez que acudía a un ensayo con la intención de probar la experiencia de estar debajo de un paso. Allí y entonces conocí a Don José Ariza Sánchez, a su hijo Antonio y a algunos de sus auxiliares. Cuando terminaron su cerveza, los acompañé hasta la calle peatonal que hay frente al polideportivo Hispano de Aviación (muestra de la historia aeronáutica del barrio trianero).

En esa calle es donde Pepe Ariza igualó a la cuadrilla. Después, hecho ese trabajo, nos dirigimos al almacén, que estaba a escasos metros del lugar de la igualá. Creo que fue la primera vez que vi mover un coche para sacar un paso...

Finalmente el capataz me dijo que me hiciera la ropa, para ocupar durante el ensayo el sitio de la corriente de la primera trabajadera. Para hacer la ropa, me indicó que me dirigiera a Manuel Barragán. Un hombre al que veía colocar una y otra morcilla, hacer una y otra ropa, estirar las manos una y otra vez entre costales hechos,… Mucha gente acudía a él para este menester. Hombre que siempre me pareció tan serio como correcto conmigo. Cuando llegó mi turno, saqué mi costal. Si, ese que casi siendo un niño me había regalado mi abuelo, junto con una faja y unas alpargatas de largos cordones… Ese costal colgaba de la pared de mi cuarto desde hacía años y evidentemente, nunca se le había dado utilidad excepto en las procesiones del pasillo de la casa de la calle Calderón de la Barca, a las órdenes del capataz Carlos Ríos, bajo un pesado paso de silla de enea.

Aún recuerdo con claridad la expresión de Manuel Barragán, tras sus gafas, cuando vio aquella tela que parecía un souvenir  más que una ropa propiamente dicha. Se lo dijo al capataz, que le dijo que hiciera lo que pudiera. Y vaya si lo hizo, pues de un pedazo de tela de ridículo tamaño, fue capaz de armar una ropa que me permitió ensayar bajo aquella parihuela que no era la de la O, sino la de la Estrella. Fue una tarea magistral que consiguió darle utilidad a una ropa que solo servía para ser un recuerdo. ¡Gracias!

Eso si, en cuanto terminó en ensayo, Pepe le dijo a Manuel Barragán que me trajera, para el próximo ensayo, una ropa nueva.

Y así fue como en el segundo ensayo de aquél año estrené mi ropa blanca que la semana pasada se jubiló en Ciudad Real.

Es una ropa blanca lisa, sobre saco de Café de Brasil. Bastantes amigos me han dicho que les gustaba esa ropa, cómo quedaba puesta, cómo se quedaba en su sitio, cómo se tiraba,… Desde mi conocimiento limitado en ropas, creo que tienen razón. Es un costal que bien hecho y bien tirado, sentaba muy bien y sobre todo hacía su labor de manera más que buena.

Y ahora le llega su hora. Y me da mucha pena, porque han sido muchos años (saben algunos de ustedes que no puedo decir que hayan sido muchas cofradías… pero si muchos ensayos). Ese costal ha estado debajo de muchas trabajaderas, de parihuelas de ensayo y de algún que otro paso de salida, ha sacado dos cofradías (dos glorias, curiosamente), y ya tiene el saco demasiado pasado, demasiado abierto, para seguir trabajando con él. 


1 comentarios:

Anónimo dijo...

Maravilloso Relato lo llevas tan dentro que lo vives en tu esposicion, amigo eres afortunado
por vivir esa esperiencia, con esos grandes capataces que nuestra Sevilla a dado en el mundo del costal yo tambien lo e vivido pero en los años 60 no lo cambiaria por nada. Con tus conocimiento disfrutamos
todo de este mundo tan maravilloso del costal.
Fernando Ruano Garcia contraguia de la SOLEDAD.