jueves, 3 de diciembre de 2009

De boda en Triana


Otra de las cosas grandes ocurridas durante este periodo de ausencias, fue a boda de mis amigos Elena y Alberto. El escenario: la capilla de El Cachorro. Una ceremonia que me gustó mucho, pues el coro y el cuarteto de cuerda que interpretaba las piezas clásicas aportaban una paz al momento difícilmente explicable. Y claro, viendo al Crucificado de la calle Castilla presidiendo allá en lo alto del altar, pues las palabras se quedan inútiles. Además, tratándose de la boda de tan queridos amigos, la alegría y la satisfacción eran plena (cuando vivo estos momentos me acuerdo siempre de mis otros amigos, alcalaínos, de cuya boda las obligaciones laborales me privaron). Costaleros de tantos y tantos pasos de Sevilla, también algún capataz, muchos chaqués y pamelas "a la sevillana". Total, que disfruté mucho. Y ya en el convite, compartiendo mesa con gente de los pasos a los que envidio de manera manifiesta y con los que pasamos un rato muy agradable. Fue una alegría ver de nuevo a la gente con la que comparto afición (y alguna vez trabajadera, aunque sea ensayando) después de casi seis meses desde la cuaresma en que nos encontramos por última vez.

En un momento dado del baile, los tambores de Tres Caídas irrumpieron en la sala provenientes de los bafles y una corneta marcaba la marcha: ¡Ahí quedó!. Rápidamente, los costaleros de Sevilla que abundaban en la sala y que en esta ocasión cargaban vasos de tubos en lugar de trabajaderas y parihuelas, se dispusieron en siete filas de a cinco, como si la música que sonaba les hubiera conminado a ello. Y así, de la nada, se formó una cuadrilla, cuya igualá casi rozaba la perfección y que más de un capataz de fuera hubiera soñado tener bajo su mando, incluso en ese estado de intoxicación etílica, pues había grandes peones aquella noche imaginando que era ya primavera.

¡Enhorabuena, Alberto y Elena! Un beso enorme. Gracias por compartir ese momento con nosotros.